domingo, 25 de mayo de 2008

Ventana

Desde mi ventana observo esta lluvia vespertina; el olor a tierra húmeda y las estrofas del son despiertan los rincones de mis nostalgias más infantiles. Al final de la calle se cierra una historia. El olor a tierra húmeda es tu aliento... sólo el de aquella noche, sólo el de aquel instante.

Desde mi ventana intuyo los rincones de tu esencia; tu olor de rosa húmeda y pienso que tal vez recordarte sea uno y mil actos de contricción. Al final de la calle se congela el presagio. Tu olor de rosa húmeda se escapa de mi presencia... mas no esa noche, mucho menos el instante.

Y qué hacer cuando un llanto se esconde entre vendavales, cuando caigo en cuenta que no hay más días y te tú escapas tan fugaz... como un lucero intermitente... como la estrella que no lleva tu nombre, aquella que nunca viste.

Desde mi ventana, en lo etéreo, recuerdo una plegaria; el olor a incienso confunde esta lluvia con lo incerto, caigo en cuenta que lo nuestro nunca fue algo cierto. Al final de la calle nos evaporamos en pretextos. El olor a incienso se confunde con tu santidad... pero sólo en la noche eres angel, sólo en las entrañas de tu intimidad.

Y qué hacer cuando ni el tiempo borra una herida, cuando en evasivas se diluyen mis palabras y los días no dan para más pues tú partes... te irás en cualquier parpadeo... te irás en verano y me dejarás la tormenta, aquella que no viste.

Desde mi ventana no encuentro más que indecisión; el dolor de tu partida me recuerda aquel presagio: una tregua en medio de esta guerra. Al final de la calle no habrán montañas. El dolor de tu partida es la razón... te pido una noche, un pequeño instante.

Y qué hacer cuando te evaporas en sliencios, cuando evades esa noche y yo me encubro en la parquedad de mi soberbia por temor a verte lejos... por temor a la tormenta... por temor a embriagarme de tus besos.

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